Otra vez la misma situación: no se puede volver atrás. Estoy a dos metros del Padre Ignacio.
Estoy decidido a hacerlo. Si el tipo tiene ayudantes o guardaespaldas estoy dispuestos a darles a ellos también.
Meto la mano en el bolsillo. Él se detiene frente a mi con esa sonrisa estúpida que tiene.
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Confirmado el Padre Ignacio tiene poderes. O por lo menos es muy bicho. Me mira fijo. A los ojos primero, y a mi mano en el bolsillo después. Ahora mira a sus ayudantes, y se les borran las sonrisas (también estúpidas).
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“Acá no, en el baño”, dice el cura. Los ayudantes se adelantan. Yo los sigo.
El cura más atrás. En el baño, sobre el espejo, hay un Jesucristo que pide silencio como la enfermera de los hospitales.
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Saco la mano del bolsillo. Uno de los ayudantes intenta cubrirlo, el otro se zambulle en el retrete. El Padre Ignacio ni se mosquea.
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Saco el porro encendido del bolsillo y se lo ofrezco. Su sonrisa ya no es estúpida. Antes de pitar lo alza como brindando conmigo. “Por el tiki-tiki”, me dice y da una seca larguísima. Me despierto cuando extiendo la mano para recibir el porro nuevamente y el cura me dice “gracias, Alfredo”.
martes, 20 de abril de 2010
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